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martes, 15 de diciembre de 2015

El arte de delegar.


Saber delegar es una de las habilidades más importantes que debería dominar cualquier directivo, sin embargo, en ocasiones resulta bastante complicado y aún más, cuando la persona que tiene la misión de delegar, es el propietario del negocio; la misma que levantó con su esfuerzo y riesgo lo que hoy es su empresa.

Dos de las razones que con mayor frecuencia conspiran contra el proceso de delegación, son la desconfianza y el Tiempo. 

La desconfianza de que todos se quieren aprovechar, de que nadie siente la empresa como suya, o que nadie va a hacer las cosas como tú quieres, o como tú las haces o hacías. La desconfianza de que no van a emplear bien los recursos, de que no aprovechan el tiempo, etc... 

Por otra parte, delegar una actividad o responsabilidad, requiere de invertir el doble o el triple de tiempo del que realmente se necesita para desempeñar esa actividad, porque se debe enseñar, guiar y controlar a la persona que asumirá la responsabilidad. 

He escuchado muchas veces comentarios como este: es que me cuesta "PERDER" tanto tiempo explicando o enseñando algo que si lo hago "YO MISMO", termino más rápido. ¿Te suena familiar? 

Como bien explica Stephen R. Covey, debe existir un equilibrio entre la PRODUCCIÓN y la CAPACIDAD DE PRODUCCIÓN. Es decir, entre el resultado deseado, y el cómo se alcanza ese resultado. 

Cuando vas a delegar, debes ser consciente que la persona que asumirá esa responsabilidad NO ERES TÚ, y por lo tanto, no tiene porque interpretar o hacer las cosas como tú. 

Cuando estás delegando, debes prestar más atención al RESULTADO O DESENLACE, y menos atención AL CÓMO SE LLEGA A ESE RESULTADO. Debes permitir que las personas se equivoquen y que busquen nuevas maneras de llegar a ese resultado. 

Simplemente dile a la persona que está asumiendo la nueva actividad: 
"Hoy estamos en el punto A, y nuestra meta es llegar al punto B en X tiempo. Lo que espero de ti, y que es además por lo que mediré tu desempeño, es que cumplas la meta de llegar al punto B en el tiempo previsto, para lo cual cuentas con mi apoyo. Hasta ahora el trabajo se hacía de tal modo, sin embargo, puedes buscar, probar y aplicar nuevas maneras, sin temor a equivocarte. Valoraría mucho tus criterios de cómo mejorar la manera de llegar al punto B. 

Y recuerda, NO ESTAS PERDIENDO el tiempo, estás fortaleciendo y potenciando la capacidad de producción, para que el día de mañana produzca los resultados que deseas, de manera autónoma y eficaz.

Delega y se más productivo. Ponte en Marcha!

lunes, 21 de septiembre de 2015

La trampa de la actividad.


Una razón por la que existe una organización inadecuada es que estamos tan ocupados que simplemente no nos paramos a pensar en si lo que estamos haciendo realmente nos lleva a algún puerto. 

El problema es que si permitimos que las cosas sigan su curso, podemos caer en la trampa de la actividad. 

Si caemos en la trampa de la actividad, quizás pertenezcamos a uno de estos tipos de persona: 
1- El apaga fuegos: Nos dedicamos a apagar fuegos si nunca tenemos ni un minuto que perder y siempre estamos en estado de pánico, tratando los asuntos que son prioridad total, urgentes o vitales. El problema con la gestión de la crisis es que normalmente es muy estresante para todo el mundo implicado y provoca que las personas reduzcan el tiempo y la eficacia que dedican a las cosas o que cometan errores. 
  
2- El blando. Somos unos blandos si siempre estamos a la disposición de los demás, aunque sepamos que ya nos encontramos bajo presión. Por desgracia, encargarse de los problemas de otras personas significa que tenemos poco tiempo para dedicar a nuestras propias prioridades. Además, privamos a los demás de afrontar responsabilidades o de tomar sus propias decisiones. 

3- El burro. Somos como un burro en una rueda de molino si estamos atrapados en un rutina aburrida en la que hacemos lo mismo día tras día, o semana tras semana. Nuestra vida puede que sea fácil, pero las actividades son poco estimulantes. Es posible que nos sintamos frustrados porque estamos estancados en la una rutina que no nos lleva a ningún sitio. 

4- El que todo lo prueba. Somos una persona de la que lo prueba todos si pasamos de una actividad a la siguiente, siempre buscando la satisfacción, pero nunca la encontramos en realidad. En este caso, el problema estriba en que jamás concentramos nuestros esfuerzos en dominar un área única de nuestra vida. 

5- El tornado. ¿Vamos por la vida a 150 km por hora, llenando cada día por completo, sin detenernos para tomarnos un respiro? En este caso, la dificultad es que probablemente nos estresemos nosotros mismos y a los que nos rodean, incluso sin darnos cuenta. Quizá temamos detenernos un segundo, porque, si lo hacemos, tendríamos que considerar donde nos lleva al final.

No caigas en la trampa de la actividad y Ponte en Marcha!

sábado, 13 de junio de 2015

El Síndrome de Anát: Ganar prestigio con ideas ajenas.


Resulta interesante y retador ubicar en la historia o en mitología personajes y hechos que puedan servir para ejemplificar el comportamiento gerencial y, a través de ellos, identificar una práctica exitosa en el campo de la administración, tal y como ocurrió con los estudios de Robert Rosenthal, Psicólogo Social de la Universidad de Harvard (1985) y sus Efectos Pigmaleón y Galatea (basados en los estudios de Robert Kane Merton, Sociólogo de la Universidad de Columbia, en 1950); o cuando se describe una conducta supervisora negativa, como en el caso del Síndrome de Cronos y el Síndrome de Ganímedes inspirados también en la mitología griega, sin olvidar que abundan ejemplos en el campo de la psicología, pudiendo ser uno de ellos el Complejo de Edipo planteado por Freud. 

Pero ubicar en el acontecer contemporáneo un ícono que facilite establecer paralelismos entre una conducta gerencial y su presencia, uso y antigüedad en la historia, sin duda ha de ser mucho más que un reto, es un desafío para quienes se inclinan a tipificar aquellas expresiones supervisoras que poco o nada agregan a la labor y el desempeño de una tarea o que su presencia, por el contrario, desmotiva al personal haciéndole perder su interés por la innovación o la introducción de mejoras en los procesos. 

Este es el caso del Síndrome de Anát, cuyo nombre difícilmente podrá ser encontrado en la historia universal, pero para quien se los presenta es lo suficientemente representativo de la conducta a describir y cuyas características se resumen a continuación. 

La historia está colmada de ejemplos donde la verdadera autoría es omitida y se le otorga a un tercero quien las presenta como propias, o que al mejorarlas es el primero en comercializarlas y difundirlas, convirtiéndose así en la referencia principal, ideas cuyo origen puede ser ubicado en otras latitudes y/o responsables pero que fueron presentadas y reconocidas en lugares y por autores distintos. 

Por ejemplo, y sin pretender obviar posiciones contrarias, cuando se habla de las pastas inmediatamente se piensa en Italia, pues tales íconos culinarios han sido adjudicados por siglos a tan distinguido país. No obstante existen indicios de que su origen posiblemente es chino y que fue el explorador y viajero Marco Polo (1254-1324) quien las dio a conocer en la Europa de aquel entonces. 

Algo similar ocurre con la imprenta, históricamente adjudicada al alemán Johannes Gütenberg (1400-1467), pero cuyos orígenes pueden ser también rastreados en tierras orientales alrededor del año 1041, e incluso más atrás en el tiempo en las poblaciones babilónicas. 

Aunque no puede precisarse con exactitud la veracidad del hecho, aparentemente existe una leyenda rusa, cuya muerte de ambos amantes pudo haber inspirado la inmortal obra de William Shakespeare (1564-1616) “Romeo y Julieta”, pero sí pueden encontrarse opiniones que señalan que el verdadero autor de algunas de las magistrales piezas teatrales de este magnifico escritor inglés fue el filósofo Francis Bacon (1561-1626). 
Más recientemente el desarrollo de las hojas de cálculo como Excel, con un altísimo éxito y aceptación en el mundo moderno, tuvo su origen en VisualCalc, ideado por Robert Frankston en 1978, lo cual es poco conocido por quienes utilizan ese tipo de herramientas. 

Estos pocos ejemplos pueden ser corroborados en los libros de historia o archivos de investigación, ya que se encuentran debidamente documentados, y aunque no presentan como característica principal la acción deliberada de una persona por apropiarse de las invenciones ajenas, sí demuestran cómo una idea puede ser pensada y desarrolladas por un individuo y luego adjudicada y conocida a través de otro. 

Sin embargo, hay un sinnúmero de ejemplos que no destacan los historiadores, aquéllos que han ocurrido en todas las sociedades y organizaciones donde los autores no son individuos de renombre, ni lumbreras de la humanidad, pero cuya chispa de ingenio se ve apagada por la agilidad de un tercero quien utiliza su poder o condición para apropiarse de ella. 

Aunque en el campo social existen mecanismos legales para defender la autoría y el derecho a la patente de una invención, en el campo administrativo resulta común, e incluso cotidiano, que las ideas de terceros sean plagiadas y expuestas como propias en empresas donde el respeto a la propiedad intelectual de su personal parece no ser un concepto presente en sus valores, sin que ello se considere una falta grave, pues forma parte de la cultura y modelo mental de quienes la conforman. 

Es justamente en este punto donde comienza a perfilarse el Síndrome de Anát, el cual fue propuesto en un principio como: 
La conducta deliberada y consciente del supervisor por apropiarse de las ideas, sugerencias o cualquier tipo de iniciativa de sus subordinados para presentarlas como propias ante sus superiores. 



Pero ¿quién era Anát? A diferencia de los síndromes mencionados en artículos anteriores, como los de Cronos y Ganímedes, Anát no es una figura que pertenezca a la mitología antigua ni a un personaje de la historia universal, como ya se señaló, pues su nombre y origen responden más a una experiencia personal del autor que a un paralelismo ubicado en el pasado, sin que ello signifique que no pueda existir alguno que se ajuste perfectamente a esta conducta. 

Sin ánimo de señalar a la persona que inspiró la conceptualización del síndrome, puede decirse que se trató de un individuo, con cierta ascendencia y cercanía a los niveles decisorios de una importante empresa, cuya fama de adjudicarse ideas y planteamientos ajenos como si fueran propios era comentada en secreto entre compañeros de similar nivel, sus subordinados y ex empleados. Ante la comprobación del hecho, pues lo experimenta de manera personal, el investigador en vez de resistirse al comportamiento decide iniciar un estudio de la conducta y precisar en qué otros niveles de la organización esta se repetía y posteriormente supera las fronteras de la empresa, pudiendo constatar que la misma resultaba común en otros escenarios. Aunque los responsables de apropiarse de ideas ajenas poseían distintos nombres y modus operandi, comenzó a ser familiar denominar la conducta con la abreviación del nombre de la persona que motivó el estudio, dando como resultado la palabra Anát. 
 
No es nada extraño ni nuevo que en una empresa quienes ostentan el poder, ya sea de manera directa o indirecta, puedan hacer uso del mismo para adueñarse de las ideas que ofrecen sus supervisados y mostrarse ante quienes reportan como entes propulsores de la innovación; conducta ésta que es usualmente alimentada cuando las organizaciones acostumbran premiar los éxitos alcanzados a través de los representantes de las áreas destacadas y no del verdadero responsable del mismo, o en el total de ellos de acuerdo al caso. 

Pero no sólo las ideas y propuestas son los únicos elementos a considerar cuando se estudia la presencia del Síndrome de Anát. En algunos casos es común observar cómo desarrollos, informes o trabajos de investigación, entre otros, son solicitados por los jefes a sus subordinados para luego ser presentados como propios ante sus superiores. 

Evidentemente este tipo de conducta orientada a ganar prestigio, respeto y reconocimiento a través del uso y apropiación de ideas ajenas termina generando entre los colaboradores resentimiento, desmotivación y desinterés por agregar valor a su desempeño, pues están conscientes de que difícilmente les serán reconocidos sus méritos. 

Pero el Síndrome de Anát no es una conducta exclusiva de los gerentes; puede ser observada también en subordinados de igual o superior nivel de responsabilidad, usualmente en empresas donde existe una tendencia marcada a la competencia para poder ascender dentro de ellas, o cuya cultura promueve la diferenciación entre los empleados, destacando públicamente a aquellos que, en apariencia, presentan un mejor desempeño. 

Por lo tanto el Síndrome de Anát también está presente en empleados cuya necesidad por el reconocimiento y crecimiento vertical es tan grande que se valen de su experiencia y habilidad para robar las ideas de empleados nuevos o inocentes del estilo gerencial modelado, para presentar, en la primera oportunidad que surja, algún planteamiento innovador que le permita escalar una posición, mejorar o fortalecer su imagen. 

Lo anterior permite listar ciertas características, adicionales a las ya comentadas, que identifican al Síndrome de Anát y que permiten ampliar su conceptualización. Estas son: 
- Suele estar presente en empresas donde se acostumbra premiar de manera individual los logros alcanzados, usualmente en la figura del responsable o líder formal. 
- Pudo relacionarse con empresas donde el supervisor es el único en tener acceso a los niveles más altos de la organización. 
- El síndrome es presentado por personas de cualquier edad, sexo o condición, pero se observa con mayor facilidad en aquellos que poseen algún tipo de poder. 
- No necesariamente se requiere ser supervisor para mostrar la conducta, aunque suele ser más común en niveles gerenciales. 
- Parece estar vinculada a personas con escasos valores éticos y mentalidad oportunista. 
- Se observa en cualquier tipo de empresa, pero suele ser más común en las organizaciones donde la línea de mando es vertical. 
- Suele ser una conducta modelada por personas influyentes en la empresa o en el entorno de la misma. 
- Está presente en organizaciones donde se desestima el talento del personal y se atribuye el éxito sólo a quienes lo dirigen. 

Por lo tanto, el Síndrome de Anát debe ser entendido como: 
La conducta deliberada y consciente de un individuo o grupo orientada a apropiarse de las ideas, sugerencias o cualquier tipo de iniciativa generada por terceros para presentarlas como propias ante sus superiores, seguidores o escenario deseado. 

Una vez conceptualizado de manera más amplia el Síndrome de Anát, es posible observar cómo esta patología administrativa puede influir en el ambiente organizacional afectando, entre otras cosas: 
- La comunicación: Produce desconfianza y cuidado al momento de generarse una idea, la cual suele ser omitida por temor al plagio, o expuesta a viva voz so pena de ser obviada por no haber sido presentada a través de los “canales regulares”. Esto afecta el clima organizacional y las relaciones interpersonales. 
- La motivación: Genera apatía y desinterés, desestima la iniciativa individual y produce resentimientos con la persona o personas que se adjudicaron la iniciativa, lo cual afecta el desempeño del empleado y su identificación con la empresa. 
- El ejercicio laboral: Ante la presencia del Síndrome de Anát el personal responde de manera rutinaria y repetitiva ante la labor, evita agregar valor por la ausencia de reconocimiento, por cuanto los cambios ocurren por la ejecución de una orden y no por iniciativa propia. 
- El trabajo en equipo: Cuando el reconocimiento se da sólo al representante formal o líder de un equipo y se obvia al autor o autores de una iniciativa, se pierde el interés por los equipos y ello merma considerablemente el desempeño de éstos, se generaliza la idea de que el esfuerzo o los aportes que se ofrezcan serán simplemente sumados a los méritos de un tercero que poco o nada tuvo que ver con él. 
 
El Síndrome de Anát es una conducta que atenta contra la innovación, el buen desempeño laboral, la comunicación, el trabajo en equipo y el reconocimiento al mérito, elementos básicos de la gerencia actual del capital humano ya que ellos, en condiciones ideales, facilitan la identificación, los altos estándares de calidad, el reconocimiento y por ende la autorrealización del individuo. 

Por todo lo anterior, se puede decir que la conducta orientada a ganar prestigio con ideas ajenas, en cualquier cargo o nivel de conocimiento que se presente, es una enfermedad organizacional que debe ser identificada, combatida y erradicada en cualquier área o empresa donde se encuentre.

Si tienes una idea, que no te la roben y Ponte en Marcha!

lunes, 25 de mayo de 2015

Cómo dejar de preocuparse por todo

Parece ser que la capacidad que tenemos de preocuparnos por las cosas está relacionada con la inteligencia. Al menos así lo afirma un estudio de la Universidad de Nueva York según el cual, a mayor grado de preocupación, mayor inteligencia, porque preocuparnos nos mantiene alertas para hacer frente a los acontecimientos.  

Sin embargo, también está demostrado que las personas que se preocupan por todo corren el riesgo de sufrir un transtorno de ansiedad generalizada.

Preocuparse por todo genera ansiedad

Es verdad que cuando nos preocupamos por las cosas nos acercamos más a tenerlas bajo control, nos imaginamos lo que está por llegar y podemos prepararnos para afrontar lo que venga. Pero eso es en el caso de que acertemos en nuestras predicciones, porque una cosa es que algo nos preocupe e intentemos evitarlo y otra muy distinta es que las cosas salgan como habíamos pensado.

Un exceso de preocupación lleva a un estado de ansiedad generalizada con nerviosismo, tensión, irritabilidad, miedo y angustia. Porque lo cierto es que, por más que queramos, no podemos mantener el curso de la vida bajo nuestro control.

De nada sirve sufrir adelantándose a los acontecimientos cuando éstos ni siquiera han llegado. Tan negativo como vivir atrapado en el pasado es hacerlo con una constante preocupación por un futuro incierto.

Y la verdad es que podemos llegar a preocuparnos por todo: por el trabajo, por los estudios, por la salud, por la familia, por nuestra relación de pareja o hasta por el tiempo que va a hacer el fin de semana. Una preocupación que nos impide vivir el momento angustiados por un futuro que desconocemos pero que, en cualquier caso, nos impide ser felices.

Dejar de preocuparse.
Si se está atrapado en la pereza y alejado del concepto del aprovechamiento del tiempo, ¿no será la hora de comenzar a preocuparse más por lo que se debe hacer con el tiempo disponible?

Esperemos que la respuesta sea “no”. La respuesta correcta es que debemos ocuparnos y no preocuparnos. La preocupación supone un estado pasivo, la ocupación es actividad. Arriba entonces, tomemos las riendas de la vida y en marcha.

Por mucho que preocuparnos por todo nos haga más inteligentes, el objetivo no es aumentar nuestro cociente intelectual, sino ser más felices, así que vamos a procurar observar nuestro comportamiento con objetividad y buscar soluciones a todas esas cosas que nos preocupan. Al menos, a las que son susceptibles de solucionar. Todo aquello que no esté en nuestra mano arreglar lo recibiremos como y cuando venga y será entonces cuando nos empiece a preocupar.

Sabemos que no es fácil dejar de preocuparse por todo y que, muchas veces, nuestro afan de perfeccionismo puede llevarnos a estar alerta todo el tiempo para que todo salga perfecto. Pero es una actitud que debemos dejar de lado para adoptar otra más positiva y realista. Cometemos errores y nuestras vidas están sujetas al azar, así que no podemos manejarlo todo.

Lo único que podemos manejar es esa incertidumbre del "y si..." que nos lleva a preocuparnos por todo y nos impide disfrutar de lo que está ocurriendo en este preciso momento. Aprender a relajarnos y desconectar de los problemas y las preocupaciones, al menos durante un momento, nos ayudará a comprender que el mundo sigue girando aunque no permanezcamos alertas "por si acaso".

Ocúpate y Ponte en Marcha!